Xornal.com.-(José Manuel Pena) La mayoría de nuestros abuelos son y eran, algunos ya descansan en paz, una fuente inagotable de sabiduría. Nos transmitían sus experiencias gracias a los extraordinarios acontecimientos acaecidos en nuestro país a principios y mediados del siglo pasado. Mi abuela paterna, que por cierto se llamaba Rosa, en un mes de diciembre del año 1.979 me dio una pequeña, pero gratificante, lección de historia sobre los terribles momentos vividos en algunas parroquias de Riveira, tras la contienda civil entre las dos españas.
El pueblo de Riveira mantenía una aparente tranquilidad cuando a principios del año 1.937 todos las “quintas” fueron llamadas y obligadas a luchar con el Frente Popular contra la República. Que se sepa en la parroquia de Carreira 16 vecinos murieron en esa campaña militar y sus nombres figuran, por ahora, en la fachada de la iglesia parroquial, siendo el párroco Francisco Bara el encargado de colocar la lápida tras terminar la guerra civil. Ante la ausencia de la televisión, los escasos aparatos de radio y la prensa, la mayoría de vecinos de Riveira vivieron, el día a día, de espaldas a lo que sucedía en el resto del país.
La postguerra supuso un cambio importante de comportamientos y costumbres para la población y las autoridades se encargaron de amedrentar a los paisanos imponiendo, a la fuerza, sus propias reglas, obligando a éstos a prescindir de su propia libertad individual. Se tenía que acudir todos los domingos y festivos a misa, sino ya sabían lo que les quedaba, al calabozo. Las vejaciones físicas eran el castigo y la humillación más llevadera. Sobre las ocho de la tarde los candiles de carburo o las velas tenían que apagarse en todas las viviendas. En la calle no podía haber grupos de más de tres personas entablando cualquier tipo de saludo o conversación sino los “agentes del orden” podían hacer uso de la fuerza por considerarlos “revolucionarios” y a estos les cortaban el pelo a cero.
En Carreira hubo un cura, según los comentarios populares, que era más malo que las cerillas mojadas. Manuel Bas ejercía una fuerte “dictadura” sobre los feligreses, pues actuaba de policía, de alcalde, de juez, de maestro y todo bajo el “mando y hago saber”. Imponía multas a los vecinos e incluso pegaba con frecuencia a los capellanes y feligreses. Por el contrario y en plena contienda civil, el cura Francisco Bara fue muy querido y admirado por todo el pueblo y gracias a él muchos se salvaron de ser asesinados y encarcelados.
Son muchas las anécdotas y andanzas que pudieron vivir nuestros abuelos, y algunos aún viven para contarlas, de aquella época oscura de nuestra reciente historia. Un hombre conocido con el apodo de “o ferreiro”, ejercía de teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Riveira, no llegó a soportar al alcalde, impuesto por el Régimen, hasta el extremo que llegó a asesinar al alcalde a su mujer y a su hija, para luego suicidarse. Muchos vecinos quedaron en el anonimato general, solo grabados en el recuerdo de sus propias familias, aparecían muertos en las cunetas, en las fincas de maíz, escondidos sus cuerpos sin vida entre la maleza de los montes cercanos y otros llegaban a las playas, casi irreconocibles, tras largo tiempo bajo las aguas del océano. A muchos vecinos, la Guardia Civil, los sacaban de sus casas, a cualquier hora del día o de la noche, y los “paseaban”, a los pocos días encontraban su cuerpo inerte en cualquier lugar. La Libertad y la Justicia estuvieron durante demasiados años olvidados en nuestros pueblos y ciudades y la historia debe servir de ejemplo para que nunca más se vuelvan a repetir ciertas atrocidades y holocaustos vividos por muchos de nuestros abuelos.